teologia-del-cuerpo-iiEl título del artículo de la semana pasada decía: “¡Creados para amar!” hoy lo quise poner entre signos de interrogación pues los tiempos en los que vivimos definitivamente nos incitan a cuestionarnos la afirmación anterior. ¿Será posible que Dios nos haya creado para amar? ¡Pero si hay tanto corazón roto! ¡Tanto uso! ¡Tanta denigración del ser humano! Y viendo nuestros tiempos sería válido decir que, aquel sueño o plan inicial de Dios es una utopía, algo imposible de alcanzar, pero ¿realmente lo es? ¿Será Dios tan cruel como para pedirnos algo que es imposible para nosotros, pobres seres limitados?

Sin duda alguna amar en una sociedad tan hedonista y que vive —en palabras de Santa Clara de Asís— “para la idolatría de los sentidos” es difícil, pero no imposible. En el artículo anterior, me hacía a mi mismo esa interrogante: ¿por qué si nuestra vocación, llamado inicial o vocación natural es el amor, es entonces tan pero tan pero taaaaaaan difícil amar? Y comentaba que mucho tenía que ver con la caída.

¿Qué pasa en la caída?

Una cosa prohíbe Dios al hombre: que coman del fruto del árbol prohibido, del árbol del conocimiento del bien y del mal ¿cuál es el problema de que coman de este árbol? que solamente Dios tiene la capacidad y la autoridad de decir que está bien, puesto a que él conoce la naturaleza de cada cosa. El ser humano, al comer de este fruto, dice directa o indirectamente a Dios que él quiere ser su dios de hoy en adelante y él quiere establecer sus límites, no quiere cualquier “limitante” que Dios pueda poner y voluntariamente se separa de esa amistad que tenía con Dios.

Si el hombre quiere vivir en el jardín de Dios, ha de aceptar su condición de hombre. El hombre no es Dios: no es el Creador, sino una criatura; una criatura que es amada por sí misma, ensalzada sobre las demás criaturas. El hombre es puesto en el jardín del Edén como lugarteniente de Dios, para guardarlo y cultivarlo. Si el hombre acepta que sólo Dios es Dios, tendrá la vida en plenitud. Si el hombre quiere ser dios en lugar de Dios encontrará la muerte. Esa es la consecuencia de comer del fruto prohibido: yendo más allá del límite de su propio ser, el hombre no encuentra la dicha, sino la muerte.

El hombre podía comer del fruto del árbol de la vida, podía alimentarse de la gracia que brota de la intimidad de Dios, sin embargo prefirió el del conocimiento del bien y del mal; y cortó el manantial de gracia al que tenía acceso.

Entonces al no haber esa íntima comunión con Dios, el hombre y mujer original, Adán y Eva, se dan cuenta de que ya no desean solamente amarse uno al otro si no que surge en ellos un deseo de usarse, es por eso que dice la Escritura que se les abren los ojos y se dan cuenta de que están desnudos, sienten vergüenza porque conociendo su naturaleza que es muy buena, desean hacer todo lo contrario a ella: desean usarse y poseerse, ya no buscaban ser comunión de personas puesto que Adán no se entregaba completamente a Eva ni Eva a Adán sino que cada quien quería lo mejor para sí mismo o como dicen en mis tierras “cada quién quería agua para su molino“, es por eso que sienten tanta vergüenza al verse desnudos porque ya no tienen la certeza de que el otro solamente quiere amarle. El corazón del hombre y de la mujer después de la caída, se convierten en el campo de batalla del uso y el egoísmo contra el amor verdadero.

Pero bueno, ¿qué tenemos nosotros que ver con ese pecado y por qué nos afecta para amar?

Es dogma de fe que toda naturaleza humana “hereda” el pecado original y con él la concupiscencia. Al respecto nos dice el padre Jorge Loring:

Nosotros no somos responsables del pecado original porque no es pecado personal nuestro; pero lo “heredamos” al nacer. Por eso el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, no “cometido”; es un estado, no un acto. En virtud de la ley de solidaridad de Adán con toda la humanidad, por ser su cabeza físico-jurídica, nos priva de los dones extraordinarios que Dios había concedido en un principio a Adán para que los comunicara a sus descendientes.

Como consecuencia del pecado, nuestros primeros padres empiezan a mirar a Dios con miedo y recelo (cfr. Catecismo, 399), pierden los dones sobrenaturales y preternaturales, y la misma naturaleza, aunque no esencialmente corrompida, queda herida: la inteligencia debilitada para conocer la verdad cae fácilmente en la ignorancia y en el error; la voluntad, debilitada para el bien, se inclina fácilmente al mal; los sentidos no obedecen a la razón: “la armonía en que se encontraban queda destruida” (Catecismo, 400)

Por eso nos cuesta tanto amar, porque nuestra naturaleza (que es muy buena) está torcida, y nuestra vida es constantemente acechada por la concupiscencia, que es la inclinación al mal por la debilidad de la voluntad, pero no la determinación definitiva al mal.

El Concilio de Trento afirma que la concupiscencia permanece ciertamente en los hombres inclinándonos al pecado; pero también afirma que es posible combatirla, además invita a no confundirla con el pecado, que es el consentimiento del mal ya sea de pensamiento palabra u omisión. (cf. DS 1515).

En otras palabras la concupiscencia es el impulso hacia el mal y no hacia el bien: La concupiscencia es desordenada en cuanto que se opone a la razón, inclinando la voluntad hacia el mal o suscitando dificultades para el bien. Todo esto es consecuencia de la debilidad de la razón y de la voluntad libre, que no logran someter a las fuerzas inferiores sino que incluso se ven absorbidas por ellas.

Pero entonces ¿todo está perdido?

No, por eso Cristo, que es capaz de hacer nuevas todas las cosas nos redime, muere por nosotros, restablece la gracia con DIOS. Sí, es difícil amar debido a las heridas en nuestra naturaleza, fruto de la caída, sin embargo nos dice San Pablo que “por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos en pecadores, así por la obediencia de uno sólo (Cristo) muchos quedarán justificados” (Rom 5,19). No queda duda de que tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios, sino que recibió la promesa de la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída por el Mesías Redentor (cfr. Gen 3,15; Catecismo, 410). Santo Tomás de Aquino nos dice: “Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de san Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).” (S.Th., 3, q.1, a.3, ad)

Es por eso que afirmamos que sí podemos amar como aquellos hombres originales, no que digo, no igual, sino mejor, divinamente, en Cristo y como Cristo. Por eso San Pablo nos dice en Efesios que amemos como Cristo amó a su Iglesia, si fuese imposible no nos lo pediría (cf. Ef. 5, 25) es cuestión de re-orientar y dirigir la voluntad hacia lo mejor para nosotros, permitir a nuestra inteligencia ser iluminada por la Verdad, todo esto por gracia de Dios. Y me van a decir: “¡Uy que fácil! ¿No quieres algo más?”, pero bien, lo iremos tratando en los siguientes artículos, algo que debemos dejar claro es que sin Cristo nada podemos (Jn 15, 5) pero con Él todo lo podemos (Fil. 4, 13), si haz decidido comenzar una batalla contra el uso, la posesión, la lujuria y buscas que el amor salga victorioso, comienza a ponerlo en sus manos y con suma humildad pedirle: Señor, destuerce en mi todo aquello que está torcido”.