rollos¿Puede la Biblia ser «de Dios»? ¿cómo debemos entender esa afirmación? ¿qué papel tienen los hombres en su escritura?

Recién paseaba por sitios web y me encontré con esta definición: «La Biblia es la Palabra de Dios, escrita por el mismo Dios a través de la pluma de los hagiógrafos.» He tratado de averiguar de quién es la frase, la he puesto en el buscador, pero me encontré con que muchísimos sitios católicos la repiten en diferentes artículos, cada uno firmado por un autor distinto, o sin firma, así que parece que es de todos, o de nadie.

Pero lo fundamental no es que sea anónima, sino que lamentablemente es una definición falsa, que no se corresponde ni con la Biblia tal como se nos presenta, ni con lo que la Iglesia dice de la Biblia. Y más aun, es nociva, porque nos presenta a la Biblia bajo una luz que hace lógico que el que quiere acercarse a ella termine dudando del propio Dios.

Decir que la Biblia está escrita por Dios y la tarea de los hombres fue servirle a Dios solamente de “pluma” para que apareciera escrita en lenguaje humano, hace que dudemos de la cordura del propio Dios cuando vamos a ella y vemos que:

-La imagen de Dios no es constante, sino que a veces Dios parece de una manera, otras de otra; a veces parece un hombre, pero más poderoso (un superhombre), a veces se dibuja una sublime trascendencia; a veces se muestra humano, desconfiado, testarudo, irascible, declara no saber cosas (por lo que tiene que “bajar a averiguar lo que ocurre”), a veces declara saberlo todo y conocer incluso los pensamientos antes de que hayan sido pensados.

-La moralidad de las acciones que realizan los personajes (me refiero en especial a los “buenos”) deja bastante que desear, y la propia Biblia no parece molestarle esas dudosas actuaciones, como los engaños de Jacob, o la crueldad de Elías con los falsos profetas, para tomar sólo dos de los muchos ejemplos.

-Esta llena de afirmaciones históricas, geográficas, en fin, “fácticas”, que luego no pueden avalarse con el conocimiento humano, como la creación en siete días, todas las especies vivientes en un arca de madera de apenas 150 metros de largo (y de paso, Dios que “cierra la puerta del arca…”), el sol y la luna que se detienen en el cielo para esperar el resultado de una batalla, burras que hablan, gente que sobrevive tres días en el vientre de una ballena sin que la digestión de la ballena le afecte…

En fin, afirmaciones que se pueden entender perfectamente si son símbolos, metáforas, o algo así, pero que no parece que pudieran ser admisibles si es el propio Dios el que las está escribiendo, con la vista puesta en que no la va a leer sólo la gente a la que él les entregó su libro, sino gente de muchos siglos después, que ya sabe que el sol “no sale ni se pone” (y por tanto no se puede detener en el cielo), que la historia del origen de las cosas es mucho más compleja y variada que la narrada en los seis días, etc. Y ni que hablar que tenemos una idea bastante más desarrollada de Dios, idea que nos lo hace concebirlo incompatible con esas “guerras santas”, masacres, engaños, traiciones, etc. con la que aparece frecuente mezclado y como avalándolas.

No, la Biblia no es «la Palabra de Dios, escrita por el mismo Dios a través de la pluma de los hagiógrafos». Si la Biblia es eso, tienen toda la razón los que la rechazan, porque es rechazable. Esa no es una definición que surja de la lectura de la Biblia, ni siquiera es una definición en la que, sea quien sea que la formuló, se haya detenido a preguntarse qué afirma la Iglesia sobre la Biblia. No es válida ni siquiera como definición sintética y popular, porque es falsa y errada.

Aunque es verdad que en el magisterio de la Iglesia más antiguo se puede encontrar la metáfora del escritor bíblico como “pluma de Dios”, “flauta de Dios”, “secretario de Dios” y similares, la Iglesia hace rato que desechó ese lenguaje, porque no se corresponde con lo que sabemos de la Biblia, de su origen, de su desarrollo, y de su posición en el conjunto de la fe de la Iglesia. No me interesa cuántos sitios católicos traen esa definición: esa definición no es una definición católica de la Biblia.

¿Y entonces qué es la Biblia?

La Biblia es la palabra de Dios, escrita en lenguaje humano, por hombres inspirados por Dios, que escribieron usando cada uno de ellos sus propias facultades y capacidades, como verdaderos autores humanos, no como “plumas”, ni “flautas”, ni “escritorios” ni nada por el estilo. Eso afirma la Iglesia en varios documentos, el más importante, la Constitución «Dei Verbum» en su famoso número 11.

Que ellos usaron sus propias facultades y capacidades hace que la Biblia esté profundamente enraizada en el tiempo y el lenguaje en el que nació. Muy distinto del tiempo y el lenguaje nuestros. La Biblia no fue escrita atemporalmente, para que cada generación vaya a ella y encuentre, sin ninguna mediación, la palabra misma de Dios, sino que fue escrita bajo mediaciones, lo que hace que no podamos leera sin atravesar capas de mediaciones.

Fue escrita en un tiempo concreto de la historia, a lo largo de unos 1000 años, y habla en primer lugar al tiempo y los hombres para los que fue escrita. Como es la palabra de Dios, vale también para nosotros, pero a condición de que al recibirla la “reescribamos”, es decir, penetremos en lo que los escritores sagrados quisieron realmente decir (que no siempre coincide con lo que parecen decir), y llevemos eso que realmente dice (y que es la intención comunicante del propio Dios) a nuestro lenguaje, y lo proclamemos a nuestra época.

Si reescribiéramos la Biblia en nuestra época y tiráramos la que hemos recibido, nos quedaríamos sin palabra fundante, sin el disparador de nuestra comprensión. Posiblemente la Biblia surgida de nosotros sería válida en nuestra generación, pero desaparecería para la siguiente. Mientras que si recibimos la Biblia tal cual está escrita y no la “reescribimos”, no llegamos realmente a la palabra de Dios en ella, llegamos solo a las “facultades y capacidades” de los escritores humanos.

Lo que aquí he llamado “reescribir” es en realidad “interpretar”. La Biblia jamás nos da la palabra de Dios en estado puro, debo interpretar. Interpretar es penetrar en el significado de los textos para llegar a la “intención comunicante”, a lo que el texto realmente quiere decir: eso es lo primordialmente divino de la palabra bíblica.

Por ejemplo: el primer texto que hay en la Biblia es un poema, el poema de la creación (Génesis 1): en él el poeta canta el surgimiento de la armonía de este mundo, de la mano de la palabra divina; Dios va nombrando las cosas, y las cosas van ocupando su espacio y posición en un universo hecho en belleza y unidad; y coronándolo todo, el “representante de Dios en este mundo”, la pareja humana, hecha a la vez en unidad y diversidad, y que refleja, en su misteriosa complementariedad, el propio ser divino, que hasta habla en plural (“hagamos al ser humano a nuestra imagen”), para dejar sentado que esa pluralidad de seres humanos es una riqueza, no una pobreza, un exceso de ser, no un defecto.

Para contar ese universo, el autor humano (sublime poeta, además de hombre de Dios), echa mano de lo que sabe del mundo, tal como lo sabe él en su época. Incluso se permite el guiño de “tomarle el pelo” a los poemas de la creación que había conocido en Babilonia, cuando unos pocos años antes había estado exiliado, así que a la divinidad creadora marina del poema babilónico el poeta la convierte en un caos acuoso oscuro y confuso, y a los monstruos marinos que aterraban a la creación en la cosmogonía babilónica, el poeta los dibuja como seres que retozan por voluntad del propio Dios para adornar el mundo.

La obra lleva una marcha de siete días, donde el último es de descanso, incluso para Dios, porque el israelita al que el poeta se dirige trabaja seis días, y cada siete descansa y alaba a Dios, y el poeta desea que su lector sepa que eso, que parecía tan original y poco acostumbrado en el mundo del momento (la semana septenaria y su descanso no era universal en la antigüedad), es algo que Dios aprecia de manera especial, es un signo distintivo de la elección de Israel como pueblo de Dios: está inscrito en la propia realidad profunda del mundo.

¿Cuál es la intención del poeta al escribir? Lo descubrimos analizando cuidadosamente su obra. Puede sintetizarse muy bien con las palabras del papa Juan Pablo II en una de sus catequesis:

«[Génesis 1] afirma la total dependencia del mundo visible de Dios, que en cuanto Creador tiene pleno poder sobre toda criatura, por otra parte pone de relieve el valor de todas las criaturas a los ojos de Dios.» (Catequesis de los miércoles, 29 de enero de 1986, n. 4)

Esa que es la intención del poeta al escribir es al mismo tiempo, por la correspondencia que afirma la fe, la intención de Dios al revelar: eso es lo que Dios quiere comunicarnos en el poema de la creación. Eso, y no el “dato” (que no es tal) de los siete días, y no el “dato” (que no es tal) de que las realidades naturales aparecieron enteras de un día para otro, no el “dato” (que no es tal) de que la tierra está en el centro del universo, etc.

¿Y entonces todo eso qué es? ¿ropaje? No. No ropaje sino expresión, que no es exactamente lo mismo. Todo escrito tiene dos caras: comunicación y expresión. Algo se dice (comunicación) y se dice de cierta manera (expresión). Lo que se comunica se comunica como poema, o como prosa, como drama o como crónica, como fábula o como parábola, etc. No existe una comunicación desnuda, la comunicación siempre se cuenta de una manera o de otra.

Me como la fruta, ¿qué hago con la cáscara?

Daría la impresión de que una vez que he hallado el núcleo de lo comunicado en un texto de la Biblia, puedo descartar su expresión, que a lo sumo puedo admirar como la obra de un poeta genial, o de un narrador consumado, que no es “de Dios”, ya que Dios sólo se dedica a la “intención del texto”. Nuestra civilización occidental es muy afecta a querer desprenderse enseguida de las “cáscaras” y quedarse con “lo esencial”, a rechazar “la forma”, para quedarse con “el fondo”, o a descartar “el texto”, para quedarse con “el mensaje”.

Aunque hasta aquí he hablado simplificando, no es del todo correcto identificar la intención de Dios al revelar con “el mensaje” del texto. Dios es autor de todo, no sólo del mensaje. La inspiración de la Biblia, tal cual la entendemos en el catolicismo dice que:

«Lo revelado por Dios, que se contiene y manifiesta en la Sagrada Escritura, fue consignado por inspiración del Espíritu Santo. La santa Madre Iglesia, conforme a la fe apostólica, tiene por santos y canónicos todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, puesto que, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales le han sido entregados a la propia Iglesia. Pero en la realización de los libros sagrados, Dios eligió a unos hombres, a quienes recurrió utilizando ellos sus propias facultades y capacidades, de modo que, obrando él en ellos y por ellos, transmitieron como verdaderos autores, todo y sólo lo que él quería.» (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 11)

-¡Ah, pero entonces tenía razón la criticada frase inicial: Dios es autor de todo!

¡Claro que sí! lo que es incorrecto en la frase inicial no es que afirme que Dios es autor de la Biblia, sino que niega que el hombre lo sea (porque una “pluma”, un “cálamo”, un “escritorio”, incluso un “secretario”, no es un autor: mi ordenador no es autor conmigo de este artículo, ni escribe usando sus propias facultades y capacidades).

Dios es autor de toda la Biblia, no sólo de su comunicación. El hombre es autor de toda la Biblia, no sólo de su expresión. Expresión y comunicación son dos caras de exactamente lo mismo, el texto, por tanto, si quitamos la expresión, ya no tenemos comunicación.

Y entonces, ¿en qué sentido podemos decir que Dios es autor no sólo de la comunicación, de las “verdades reveladas” en textos bíblicos como los que instan a la guerra santa o al degollamiento del enemigo, sino que es autor de los propios textos que hablan de eso?

Este es posiblemente el más sublime y misterioso sentido de la Biblia como palabra de Dios: Dios asume el camino del hombre hacia Dios, con todas las piedras de ese camino, y todas las torceduras del caminar. En época de Elías se degollaba sin más al enemigo. Pues bien: Dios se revela como «Uno», como el Único Dios Verdadero, en 1Reyes 18, y ocurre en ese contexto una reacción humana y religiosa admisible en los criterios morales y religiosos de la época e inadmisible para nosotros: el degollamiento de los falsos profetas. Al leerlo debemos ser capaces de encontrar lo revelado (la comunicación: el Dios Uno), pero también debemos ser capaces de encontrar en él un retrato de ese hombre que nosotros mismos somos, también nosotros seríamos capaces de degollar al enemigo, si no hubiéramos recorrido un camino de revelación que nos enseña que el enemigo es también destinatario de nuestro amor, y es además destinatario privilegiado (“Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman.”, Lc 6,32). Así que el mismo texto que me comunicó la Unidad de Dios, me revela también algo sobre mí mismo, muestra al hombre “lleno de celo” por la verdad de Dios, pero un celo que no ha sido aun redimido ni encauzado por Dios. De paso, y como parte de lo revelado en el texto, puedo confrontar la verdad de Dios con el “celo” de los hombres de Dios en cada época, y llegar a una autocrítica de nuestra propia manera de presentar a Dios. Esa autocrítica es también cosa de Dios, cosa que Dios me enseña en diálogo con ese texto.

La Biblia, en su entramado histórico, es también revelatoria: no sólo enseña “las verdades de Dios”, también enseña que Dios se toma en serio la historicidad del hombre, que “tiene paciencia” con el hombre, que se muestra y revela al hombre en el estado y condición que el hombre está en cada época. No espera a que el hombre sea perfecto para manifestarse todo lo posible en él, sino que en el medio de las imperfecciones del hombre, de las piedras y torceduras del caminar (para volver a la misma metáfora), en la “semiverdad” que es siempre la expresión humana, Dios ya está actuando y hablando.

Algunas conclusiones

Reflexionando sobre lo dicho al principio, nos damos cuenta que es tarea de cada generación interpretar/reescribir la Biblia, pero que la Biblia escrita en el pasado, no puede ni debe tirarse, porque cuando interpretamos llegamos a la comunicación, pero Dios está en toda la Biblia, en su comunicación, y en lo histórico de su expresión.

Una consecuencia práctica que debemos sacar de la conciencia de que la Biblia es palabra por entero de Dios y por entero del hombre (que es la conciencia católica de la Biblia), es que no puede leerse como si fuera una comunicación telegráfica venida directamente de la divinidad a cada lector: eso no es la Biblia. Siempre debemos conversar lo leído, siempre debemos sumergirnos en el contexto de la interpretación, que es contexto de comunidad, de Iglesia; siempre debemos estar atentos a los nuevos estudios que se van haciendo sobre la Biblia, porque ellos nos muestran costados que se pasan por alto a simple vista. Siempre debemos estar atentos al modo como la Iglesia ora con la Biblia, cómo dispone los textos en la liturgia, por ejemplo, cómo los retoman los pastores al explicar temas… eso es de orientación acerca de lo que la Iglesia explica de la Biblia. Siempre debemos confrontar el saber humano de los autores bíblicos con el saber humano de nuestra época, porque ellos eran hombres de su tiempo, y desde su tiempo a los nuestros han pasado entre 3000 y 2000 años: algo se ha avanzado en el conocimiento del mundo, ¡valorar eso es una actitud profundamente bíblica!

A veces la gente pregunta “¿qué quiere decir tal texto para la Iglesia?”, no, los textos no quieren decir una cosa que se pudiera sintetizar en un manual: los textos son disparadores de una lectura, de un diálogo, de una oración, de una discusión, de una profundización.

Deberíamos desterrar esa horrible costumbre de citar la Biblia a frases sueltas, y sobre todo de atacar a los demás con frases bíblicas sacadas de todo contexto: el contexto de la Biblia es ella toda entera, pero el contexto es también la vida entera de la comunidad creyente. No hay Iglesia sin Biblia, ni tampoco hay Biblia sin Iglesia. Una frase suelta, una cita aislada (sobre todo si se usa como látigo para castigar al vecino), no es bíblica, aunque lo parezca, porque Dios no dictó un puñado de frases sueltas, sino que dialogó todo él con todo el hombre.

Abel Della Costa / www.eltestigofiel.org