Quizá Dios quiere la ambigüedad en nuestros tiempos. Donde la oración sea un símbolo para los que oran y no una demostración de poder para los que no creen.

En la época de Jesus, la gente creía más en lo sobrenatural, hacer un milagro era algo ambiguo, podían atribuirlo a otra fuerza distinta a Dios… “Expulsa a los demonios por el poder de Satanás”. Cualquier intervención milagrosa podía ser explicada y asimilada sin que fuera una demostración inequívoca del poder de Jesucristo, el corazón y la mente del que veía el milagro externo tenía que decidir.

Hoy el mundo está ahogado de materialismo, un milagro claro, patente y universal, no seria nada ambiguo sino el juicio de Dios sobre la tierra. Si Dios se mostrará inequívocamente con todo su poder, es porque viene con su gloria a realizar el juicio.

Dios no cumple caprichos, ni se puede medir su “nivel de respuesta” a la oración. Solo aquellos que ya han decidido de antemano poner su vida a imitación de Cristo, podrán gozar, quizá, de intervenciones más fuertes de Él.

Nosotros ¿qué podemos merecer para que se nos muestre con todo su poder y gloria? La oración es diálogo con Dios y no una demostración de poder para los que no creen.