Cuando leemos los evangelios existen palabras de Jesús con las que estamos ya muy familiarizados pero quizá no comprendemos del todo lo que significan.

“El Reino de Dios”, “El Reino de los Cielos”, “El Hijo del Hombre”. Son términos que Jesús no explica, da por hecho que a quién se dirige, (un Judio del Siglo I) entiende o tiene el contexto de lo que Jesús está diciendo.

El Reino de Dios

Quizá de todas los conceptos de los cuales Jesús habla, “El Reino de Dios” sea el más central. Por años el inconsciente colectivo Cristiano parece identificarlo con el “cielo” o el “paraíso”, y aunque el reinado de Dios tiene que ver con una nueva tierra y un nuevo cielo hay algo más.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.” (Mc 1,14-15)

A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: “No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. (Mt 10,5-7)

Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. (Lc 11,20)

Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.” (Jn 3:3)

Si un Judio del Siglo I podía entender que significaba que el “Reino de Dios” estaba cerca y venia con fuerza… era porque en algún lugar de sus escrituras se hablaba de ese reinado.

“Tú, oh rey /Nabudoconosor/ , has tenido esta visión: una estatua, una enorme estatua, de extraordinario brillo, de aspecto terrible, se levantaba ante ti. La cabeza de esta estatua era de oro puro, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y sus lomos de bronce, sus piernas de hierro, sus pies parte de hierro y parte de arcilla. Tú estabas mirando, cuando de pronto una piedra se desprendió, sin intervención de mano alguna, vino a dar a la estatua en sus pies de hierro y arcilla, y los pulverizó. Entonces quedó pulverizado todo a la vez: hierro, arcilla, bronce, plata y oro; quedaron como el tamo de la era en verano, y el viento se lo llevó sin dejar rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra. (Dn 2,31-35)

Está profecía de Daniel, (profeta del Siglo VII-VI AC) está dirigida al Rey de Babilonia, el Rey Nabudoconosor. Habla de una estatua formada de cuatro distintos materiales. La cuál fue destruida por “una piedra no formada por mano alguna (sin intervención humana)” Y de la cual después de destruir esa estatua se convierte en una enorme montaña que cubría toda la tierra.

Unos versículos más adelante Daniel explica al Rey Nabudoconosor que las cuatro partes y los cuatro materiales de la estatua representan reinos.

…Tú eres la cabeza de oro. Después de ti surgirá otro reino, inferior a ti, y luego un tercer reino, de bronce, que dominará la tierra entera. Y habrá un cuarto reino, duro como el hierro, como el hierro que todo lo pulveriza y machaca: como el hierro qué aplasta, así él pulverizará y aplastará a todos los otros. Y lo que has visto, los pies y los dedos, parte de arcilla de alfarero y parte de hierro, es un reino que estará dividido; tendrá la solidez del hierro, según has visto el hierro mezclado con la masa de arcilla. Los dedos de los pies, parte de hierro y parte de arcilla, es que el reino será en parte fuerte y en parte frágil. …En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro. (Dn 2-35ss)

Desde antiguo los Judios han interpretado estos cuatro reinos como los cuatro reinos que dominaron sobre Israel a partir de los tiempos de la profecía (Babilonia):

(1) Babilonia, (2) Medos/Persas, (3) Grecia, (4) Roma. Es precisamente durante este cuarto reinado (Roma) que aparecerá un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana”

¿Por qué había tanta efervescencia mesiánica en tiempos del imperio romano? Porqué muchos Judios conocían la profecía de Daniel.1

Podemos hablar de los detalles, cómo Daniel profetiza con asombrosa exactitud que los Griegos (3er reino) conquistarán todo el mundo conocido (Alejandro Magno) o acerca de la fortaleza y debilidad de Roma (4to reinado). Pero no haremos eso. Solo remarcar que el esperado Reino de Dios vendría durante el reinado del Imperio Romano… “en tiempo de ese reinado, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido” No solo eso sino que el Reino de Dios comenzará como una piedra pequeña (la piedra angular que desecharon los constructores) y se convertirá en una gran montaña, en un reinado universal. Un reino (representado por la piedra) “hecha no por mano humana” hecho por Dios mismo.

Esto es lo que Jesús decía y hablaba con su llegada.

El Hijo del Hombre

Cuando Jesús se refería a si mismo, lo que más le gustaba era hablar de el en tercera persona refiriéndose al “Hijo del Hombre”.

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Demonio tiene.” Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras.” (Mt 11,18-19)

Mientras iban caminando, uno le dijo: “Te seguiré a donde quiera que vayas.” Jesús le dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” (Lc 9,57-58)

Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” (Mc 14,21)

¿Quién es el Hijo del Hombre? (ho huios tou anthrōpou)

El profeta Daniel habla de un sueño donde después de cuatro reinos vendrá el reino de Dios, pero esta vez no usa “metales” para describir esos cuatro reinos y sus reyes, sino “bestias”.

Daniel tomó la palabra y dijo: Contemplaba yo en mi visión durante la noche lo siguiente: los cuatro vientos del cielo agitaron el mar grande, y cuatro bestias enormes, diferentes todas entre sí, salieron del mar. La primera era como un león con alas de águila. Mientras yo la miraba, le fueron arrancadas las alas, fue levantada de la tierra, se incorporó sobre sus patas como un hombre, y se le dio un corazón de hombre. A continuación, otra segunda bestia, semejante a un oso, levantada de un costado, con tres costillas en las fauces, entre los dientes. Y se le decía: “Levántate, devora mucha carne.” Después, yo seguía mirando y vi otra bestia como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; la bestia tenía cuatro cabezas, y se le dio el dominio. Después seguí mirando, en mis visiones nocturnas, y vi una cuarta bestia, terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte; tenía enormes dientes de hierro; comía, trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas. Era diferente de las bestias anteriores y tenía diez cuernos. (Dn 7,2-7)

El Hijo del Hombre entra a reemplazar como rey estos reinados.

Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás. (Dn 7,9;13-14)

El Hijo del Hombre es el rey del quinto reino, el “Reino de Dios”. Este reino se establecerá cuando la cuarta bestia sea destruida. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás No es de extrañar que este “Hijo del Hombre” sea no solo identificado como un rey sino como un rey mesiánico. Por ejemplo un escrito antiguo conocido como 1 Enoch —un libro muy popular en Israel del Siglo I— el “Hijo del Hombre” se identifique explícitamente como “El Mesias”. Incluso los rabinos identificaron al “Hijo del Hombre” de Daniel como el mesías (Talmud, Sanhedrin 98a).


Cuando Jesús iba proclamando que el reino de Dios estaba llegando, refiriéndose el mismo como el Hijo del Hombre, entonces estaba diciendo en efecto: “El tiempo del cumplimiento de las profecías de Daniel está llegando. El tiempo para la venida del mesías es ahora, yo soy”

No un mesías cualquiera, sino un mesías que es un rey que lo será eternamente, de un reinado eterno, donde ambos jamás podrán ser destruidos.

La muerte del mesías

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. (Mc 8,31-32)

Cuando Jesús habla de su sufrimiento y muerte, lo habla como algo que “debía suceder” como una profecía. ¿Pero a que profecía se refiere? Podemos hablar de la profecía del “Siervo sufriente” (Is 52-53), pero esa figura nunca se identifica explícitamente con “el Hijo del Hombre”

Existe sin embargo una profecía de Daniel donde se describe al mesias como puesto a muerte, de hecho es la única referencia a la muerte del mesías en el antiguo testamento:

Setenta semanas están fijadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebeldía, para sellar los pecados, para expiar la culpa, para instaurar justicia eterna, para sellar visión y profecía, para ungir el santo de los santos. “Entiende y comprende: Desde el instante en que salió la orden de volver a construir Jerusalén, hasta un Príncipe Mesías, siete semanas y sesenta y dos semanas, plaza y foso serán reconstruidos, pero en la angustia de los tiempos. Y después de las sesenta y dos semanas un mesías será suprimido. Y destruirá la ciudad y el santuario el pueblo de un príncipe que vendrá. Su fin será en un cataclismo y, hasta el final, la guerra y los desastres decretados. Él concertará con muchos una firme alianza una semana; y en media semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y en el ala del Templo estará la abominación de la desolación, hasta que la ruina decretada se derrame sobre el desolador.” (Dn 9,24-27)

Esta profecía oscura habla no solo de la muerte de un mesías, sino de la destrucción del templo de Jerusalén, y habla explícitamente del tiempo en que sucederá esto.

Primero, declara que habrá 490 años (70 semanas en años) entre la restauración de la ciudad de Jerusalén y la venida del mesias. Segundo, la profecía declara que el futuro mesías sera “suprimido”. Tercero, la profecía enlaza la muerte del mesías con la destrucción de la ciudad de Jerusalén y el santuario del templo, resultando en el fin de los sacrificios y la misteriosa “abominación de la desolación”. De hecho Jesús mismo habla de dicha “abominación de la desolación” cuando habla acerca de la destrucción de Jerusalén (Mt 24,15; Mc 13,14).

Es imposible para quién escuchaba los evangelios en el Siglo I y conocía el Libro de Daniel, no comprender todo lo que se estaba anunciando. Cuando Daniel declara que habrá 490 años después de la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén, destruida en el año 587 AC, y reconstruida en el año 457 AC podemos entender porque desde antiguo muchos han interpretado la profecia de Daniel de manera numérica y han puesto la venida del mesias en el Siglo I.

Estos números ya se conocían desde antiguo:

Estamos convencidos… que Daniel hablo con Dios, porque el no solamente profetizo eventos futuros, como los demás profetas, pero también determino el tiempo en que todas estas cosas pasarían (Antiguedades, 10.267-68)

Uno debe de ser muy osado en predecir el mismo evento de diferentes maneras. Era necesario que el final de los cuatro reinados paganos, el final del reinado de Judá, y las 70 semanas, pasaran al mismo tiempo, todo esto antes de que el segundo templo fuera destruido. (Pascal, Pensées, 11.709)

Es imposible para quién escuchaba los evangelios en el Siglo I y conocía el Libro de Daniel, no comprender todo lo que se estaba anunciando.


Para información mas profunda, consultar: The Case for Jesus: The Biblical and Historical Evidence for Christ / Brant Pitre

  1. Josephus tells us elsewhere that “an ambiguous oracle” from the Jewish Scriptures “more than all else incited the Jews to the war” with Rome, since it proclaimed that “one from their country would become ruler of the world” (Josephus, War, 6.312– 15). See N. T. Wright, The New Testament and the People of God, Christian Origins and the Question of God 1 (Minneapolis: Fortress, 1992), 304. ↩︎