Cuando sufrimos porque algo nos “duele” es por que pensamos, interiorizamos, que esa enfermedad nos disminuye, que ese dolor no es justo, que esa muerte acaba con todo lo que realmente anhelamos.

El sufrimiento es la discrepancia abismal que hay entre lo que sé, intuyo y deseo profundamente y lo que la vida, esta vida y esta creación me da. Esta vida no me llama por mi nombre, no me conoce, no sabe lo que deseo, no entiende que tengo voluntad, inteligencia, entendimiento, memoria, no me comprende… es la soledad absoluta de quién grita “¡yo sé! ¡yo pienso! ¡yo amo! ¡yo anhelo! ¡yo entiendo! yo veo y todo lo puedo comprender, pero la creación me devuelve un silencio, no me dice, no me llama por mi nombre, no ve en mi ningún sentido”.

Sufrimos no porque nos duela, sino porque vivimos la discrepancia, el abismo que hay entre nuestra dignidad humana, entre nuestra hambre de amor y sentido, y una enfermedad que me disminuye, me ignora, se muestra indiferente a lo que soy, me hace sentir solo y sin importancia.

Pero eso es esta creación, eso es este mundo dejado en nuestras propias manos. Muchos se preguntan ante la tragedia ¿por qué Dios no lo detiene? Si Dios detuviese tu enfermedad y dolor, tendría que detener por justicia el dolor y la enfermedad de todos y para lograrlo muchas veces tendría que anular la libertad que nos dio a nosotros y a la naturaleza, tendría que hacer que el fuego dejará de quemar, que la célula se dejara de reproducir, que la sangre dejara de fluir, que el malvado dejara de poder actuar… debería simplemente detener esta vida.

El problema creo yo, es que todos nuestros deseos más profundos los queremos llenar en esta vida, queremos tener una vida larga, con salud, con metas cumplidas, rodeados de gente, sin que ningún mal ocurra a nosotros o a los que queremos. Pero esto no es posible en este mundo, no es este mundo para lograr nuestros deseos más profundos. Estamos acostumbrados a la modernidad pero hace no mucho la gente vivía 20 años menos, había más enfermedades y otro tipo de sufrimientos, y si nos remontamos más atrás, la gente sabía que llegar a los 40 años era llegar ya a viejo, la resignación de la vida era más sabia y entendía que todo esto es pasajero. Cuando la humanidad no tenia tanto en que distraerse, cuando no estaba apegada a lo que ofrecía el mundo, se quería ir al paraíso, prefería sufrir aquí y gozar en presencia de lo divino, de quién nos creó, nos conoce y conoce nuestros anhelos más profundos, anhelos que solo Dios puede saciar.

Nuestra vida no es este pedazo de tiempo en el que somos polvo, es toda nuestra existencia desde el seno materno hasta nuestra eternidad, el aquí y ahora es solo un pedazo de lo que viene.

Job, que lo tenia todo, pierde todo y cuestiona a Dios en un largo discurso donde tres de sus amigos intentan “justificar” su dolor y sufrimiento. Aún así Job sigue imprecando a Dios por su situación, hasta que en el capítulo 38 es el mismo Dios quién responde:

«Y respondió El Señor a Job de en medio del torbellino, diciendo: ¿Quién es este que empaña mi providencia con insensatos discursos? Cíñete, pues, como varón tus lomos. Voy a preguntarte para que me instruyas. ¿Dónde estabas al fundar yo la tierra? Indícamelo, si tanto sabes. ¿Quién determinó, si lo sabes, sus dimensiones? ¿Quién tendió sobre ella la regla?

¿Acaso has mandado tú en tu vida a la mañana y has enseñado su lugar a la aurora para que ocupe los extremos de la tierra y eche fuera a los malhechores, modelándose entonces la tierra como el barro bajo el sello y apareciendo vestida, privando a los malvados de su luz y rompiendo el brazo de los soberbios?

¿Has llegado tú hasta las fuentes del mar; y te has paseado por las profundidades del abismo? Dilo, si sabes todo esto. ¡Seguro lo sabrás, pues ya habías nacido y era ya grande el número de tus días! ¿Has atado tú los lazos de las Pléyades o puedes soltar las ataduras del Orión?

¿Eres tú el que a su tiempo hace salir las constelaciones y quien guía a la Osa con sus hijos? ¿Se remonta por orden tuya el águila y hace su nido en las alturas? Cíñete, cual varón, tus lomos; yo te preguntaré, enséñame tú. ¿Aún pretendes menoscabar mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? ¿Tienes tú brazos como los de Dios y puedes tronar con voz semejante a la suya? Adórnate, pues, de gloria y majestad, revístete de magnificencia y esplendor. Distribuye a torrentes tu ira y humilla al soberbio sólo con mirarle. Mira al orgulloso y abátele, y aplasta a los malvados en su sitio, ocúltalos a una en el polvo, encarcela a sus personas en la prisión y entonces también te alabaré, porque tu diestra te dio la salvación»…

Esta respuesta dada antes de Jesucristo, no deja de perder su potencia y verdad, ante la osadía de pretender rechazar a Dios y cuestionarle ante la desgracia. Él responde mostrando todas las maravillas de la creación, revelando la insignificancia del conocimiento del hombre ante todo lo creado…, ante la imposibilidad del hombre de salvarse a si mismo, como un padre regañando a su hijo por las palabras insensatas ante algo que le supera. Y es que ante el dolor y el sufrimiento vemos muy poco, vemos solo unas pinceladas de la creación, no sabemos ni podemos conocer los bienes que Dios puede sacar de esos males si cooperamos con Él, si lo dejamos entrar en nuestra vida y transformar ese sufrimiento, porque ese mal y ese sufrimiento va a existir en este mundo, con la presencia o sin la presencia de Dios.

¿Y qué hace Dios? lo realmente divino, lo que realmente necesitamos, no una vida larga donde de todas maneras moriremos, sufriremos y veremos a los que amamos sufrir, donde a lo más que aspiramos es a desear que ese sufrimiento no sea pronto, pero ¿qué es la vida realmente en años? nada, un soplo. ¿Qué hace Dios? responde a nuestro deseo más profundo, a nuestro verdadero deseo: —pero la creación me devuelve un silencio, no me dice, no me llama por mi nombre, no ve en mi ningún sentido— le pone voz al silencio y grita a ese silencio, le da sentido al sinsentido, me llama por mi nombre: “Carlos, Carlos… deja todo y sígueme… te amo, te creé a ti en particular y te necesito a ti en particular, puedes llamarme Padre, tu Dios, no un Dios lejano sino un Dios que te acompaña en el sufrimiento (que yo mismo sufrí) no solo el sufrimiento físico, sino el más profundo, el sufrimiento insoportable de la soledad y la bajada al infierno de la nada, donde nada tiene sentido… ahí, en esa cruz abandonada, yo te acompaño, en ese descendimiento a la muerte, yo te acompaño, no tengas miedo, yo he vencido ya al mundo, a la muerte”.

Dios hace lo más divino, no destruir la naturaleza en su forma actual, el mundo en su forma actual, sino acompañarnos en este desorden, en este dolor, en este sinsentido para luego llevarnos a su presencia total y llenar nuestros anhelos, un poco en esta vida con su amor y presencia, y un ciento por uno en la otra, con la incondicionalidad de poder compartir con Dios la mesa y con aquellos que amamos. El infierno terrenal no es infierno, el bosque oscuro no es un bosque oscuro si tenemos una mano que nos acompañe, si tenemos un rostro con quién dialogar y más si ese rostro es el de un Padre que me ama infinitamente y me espera infinitamente y me acompaña hasta la mismísima muerte, la sufre primero, la sufre por mi.

Al final de este sinsentido Jesús nos responde como con la adúltera; la ley clama su muerte y ante este mal Jesús se pone a hacer dibujitos con el dedo en la tierra, como indicándole a ella: «No puedo hacer nada por ti ahora, no tengo solución a tu problema, pero estoy perplejo, y eso me pone del lado tuyo… cuando llegue a estar del todo perplejo, del todo fuera de mi mismo, abandonado por mí mismo, abandonado de Dios y humillado, te habré salvado, porque ya no estarás sola»

La presencia de Dios, su compañía nos salva, no solo eso sino que Dios hace algo más grande aún, no solo nos acompaña, también transforma el sufrimiento, lo hace un lugar de salvación, la muerte y el sufrimiento los convierte en causa de sentido (la victoria absoluta y aplastante contra éste mundo)… tu sufrimiento que parece no tener valor, puede ser entregado, transformado por y para alguien más. Nuestra vida, no es acerca de nosotros, la vida y el mundo no giran alrededor de nosotros, porque realmente no lo necesitamos, cuando nuestro Padre Dios, que es Padre, Madre y todo el amor que siempre hemos querido… cuando Él nos ama, ya no somos nosotros el centro, el centro se vuelven los demás,

¿Qué puedo hacer por ti Dios? ¿Qué puedo hacer por aquel que sufre y no te conoce, aquel que no puede reconfortarse en tu amor, en tu cruz, en tu sonrisa y tu compañía? La vida, sin importar tu estado, salud o enfermedad, se vuelve acerca del amor de Dios y como llevarlo a los demás, ya no soy yo el que sufre, es Dios a través de mi, ahora el que sufre es el que está frente a mi camilla, es aquel familiar que hace mucho que no perdono, es aquella enfermera que sufre soledad, es aquel doctor que no conoce a Dios, el sufrimiento se puede vencer, la muerte se puede destruir, cuando dejamos que Dios nos ame y a través de ese amor entregamos ese sinsentido al sentido de amar sin importar nuestra enfermedad, de entregar lo que somos y llevar esperanza, fe y amor a los demás, la muerte se destruye cuando podemos ofrecer ese sinsentido, cuando podemos aún rezar y dialogar con Dios, cuando podemos amar al otro, llamarlo por su nombre, mostrarle el amor que Dios le tiene desde que nació: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te elegí” Jr 1,5;

Al final, la enfermedad es una batalla y en esa gesta tenemos tres armas: Darnos cuenta del amor que Dios nos tiene, de su compañía real y concreta, de la esperanza de que pase lo que pase todo saldrá bien al final porque soy amado, deseado, Dios me llama y conoce por mi nombre. Sentirme tan amado que la vida ya no se trate acerca de mi, ya no necesito yo cuidarme, pensar en mi, estar buscando que todo gire en torno mío, ya no es mi calidad de vida, mis deseos, mis anhelos; mi vida imperfecta es el lugar perfecto para amar al que lo necesita, para ser fuerza de quién es débil, para ser causa de esperanza para el desesperado, para ser una sonrisa en el que esta triste, para ser compañía al que esta solo. Cuando apasionadamente quitamos la mirada de nuestra enfermedad, de nuestras carencias, de nuestros tratamientos, de la calidad de vida diferente que tenemos, cuando miramos al otro en concreto que nos necesita, cuando nuestra vida es el proyecto de ser para los demás, mi vida, como esté y como sea, ya no es acerca de mi, la vivo con ganas, con pasión, porque hay alguien que necesita mi fortaleza, esperanza, palabra y amor. Vivir cerca de la oración, de los sacramentos, meditar los Evangelios, decir todos los días ¿Dios que podemos hacer hoy juntos?

La vida, esta vida, no es lo que pasará cuando me cure o cuando me muera, cuando me operen o cuando salga del hospital, esta vida es lo que va pasando mientras estoy enfermo, son las palabras, las historias, las sonrisas, los proyectos, es sentirme amado, lo que amo y vivo hoy, desde donde esté, como esté, sin importar lo que será mañana. Todos enfermaremos, todos moriremos, no estás solo/a. Pero tu vida, hoy, así como está es un don, que si lo llenamos de la presencia de Dios y lo damos entero a los demás, nos dará felicidad aquí a los que me rodean y el ciento por uno en la que nos espera.

No se turbe vuestro corazón;… En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar. Cuando Yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomare conmigo, para que donde Yo estoy estéis también vosotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino.

Díjole Tomás: no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…

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