«Una virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel….», ¿qué significaba este signo para el rey Ajaz y su corte, a quienes estaba dirigido, muchos siglos antes de la Anunciación?
1975-35

Todos conocemos la «profecía del Emmanuel», la hemos leído y escuchado miles de veces. Quizás más que el texto isaiano leído en Isaías, la tenemos en mente por oírla -en cada fiesta mariana, en cada lectura del ciclo de Mateo-, en la frase que cita el primer evangelio:

«Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ‘Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel,’ que traducido significa: “Dios con nosotros.”» (Mt 1,22)

¿Pero qué significaba esta profecía cuando Isaías la pronunció, 700 años antes de Jesús? Aunque es perfectamente adecuado leer la profecía con la mirada puesta en Jesús, como cumplimiento pleno de la palabra de Isaías, no deberíamos pasar sin más por el sentido que pudiera tener en la predicación y en la época del propio Isaías.

La tarea específica de los profetas en la Biblia no es anunciar el futuro lejano, es más bien anunciar la exigencia de Dios hoy, en el «hoy» de cada profeta, exigencia que, puesto que es de Dios y no del profeta, está ella misma cargada de futuro. Y así el futuro llega a la profecía de una manera mucho más indirecta de lo que imaginamos, pero también de una manera mucho más misteriosa y rica.

Pero además de esto, que hace a la «teoría del profetismo» y que se aplica a todos los profetas bíblicos, está también la cuestión nada menor de que la profecía del Emmanuel la proclama Isaías ante el rey Ajaz y toda la corte, como un signo que Dios envía para que el rey tome una decisión… ¿qué clase de eficacia podría tener un signo que recién va a ocurrir 700 años más tarde? Evidentemente la profecía tenía que tener un sentido inmediato, un sentido que los oyentes de ese momento, Ajaz y su corte, pudieran entender, un signo que pudieran descifrar.

«Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo:Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto. Dijo Ajaz: “No la pediré, no tentaré a Yahveh.” Dijo Isaías: “Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.» (Is 7,10-14)

La situación histórica

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El contexto del «signo» del Emmanuel puede deducirse de la lectura del propio capítulo 7 de Isaías, pero además se nos narra en los libros históricos de la Biblia: en 2 Reyes 16 y en 2 Crónicas 28 (este, como suele, pone más el acento en el culto).

Brevemente:

Los hechos se ubican en un momento difícil de la dinastía davídica, a finales del siglo VIII: el pueblo bíblico vivía -desde la muerte de Salomón- separado en dos reinos, el Norte (al que llamamos Israel) y el Sur (al que llamamos Judá). Esta situación durará poco tiempo, ya que en el 721 el Reino del Norte será destruido por Asiria. El signo del Emmanuel se ubica unos pocos años antes: tiene que ver con el reinado de Ajaz en Judá (742-735).

En el Norte -atravesado de anarquía y luchas de facciones- reinaba Pécaj (737-732). Así resume la cuestión el historiador Bright:

«Pecaj representaba aquel elemento israelita que anhelaba la resistencia contra Asiria; pronto llegó a ser, juntamente con Resín, rey de Damasco, el jefe de la coalición formada con este propósito. Los confederados deseaban, naturalmente, que Judá se les uniese. Pero Judá, prefiriendo seguir una política independiente, rehusó. Pecaj y Resín, por tanto, no queriendo tener a su retaguardia un poder neutral y potencialmente hostil, tomaban medidas para someterle (2R 15,37). En este punto, murió Jotán y fue sucedido por su hijo Ajaz, sobre quien descargó la fuerza del golpe. La coalición invadió Judá por el norte y cercaron Jerusalén (2R 16,5) con la intención de deponer a Ajaz y colocar en su trono a un arameo, un cierto Ben Tabel (Is 7,6). Mientras tanto, los edomitas, que habían estado sometidos a Judá durante la mayor parte del siglo octavo, reconquistaron su independencia y arrojaron a las tropas de Ajaz de Elat (Esión-Guéber) destruyendo la ciudad. Parece ser que los edomitas (2Cr 28,17) se habían unido a los confederados para atacar a Judá. Por el mismo tiempo, los filisteos, actuando probablemente de concierto, irrumpieron en el Négueb y en la Sefelá conquistando y ocupando algunas ciudades fronterizas (v 17). Si esta reconstrucción es correcta, Judá fue invadido por tres lados [el norte, por arameos e israelitas, el sur por Edom y el oeste por los filisteos]. Ajaz, viendo su trono en peligro, no vio otro camino que acudir a Tiglatpiléser, el rey de Asiria, en demanda de ayuda, ya que estaba incapacitado para defenderse por sí mismo.» (Bright, pág 360).

Es esta coalición con la peligrosa Asiria la que se debatía en la corte de Ajaz, en la que actuaba -quizás como consejero- Isaías. El consejo humano, lógico, de sentido común era: no puedes solo contra ellos, únete al poderoso y podrás. El consejo de Isaías no va por ese lado, al contrario, le pone delante la exigencia de la fe bíblica: «Si no os afirmáis en mí no seréis firmes» (Is 7,9).

Pero el rey Ajaz no se parece a su hijo Ezequías, por el contrario fue uno de los reyes calificados de impíos por la Biblia: «No hizo lo recto a los ojos de Yahveh su Dios, como su padre David. Anduvo por el camino de los reyes de Israel e incluso hizo pasar por el fuego a su hijo, según las abominaciones de las naciones que Yahveh había arrojado ante los israelitas…» (2Re 16,2-3)

Podemos imaginar cómo recibe el rey Ajaz el consejo de Isaías; por mucho que el profeta le augura para dentro de muy poco la ruina de sus enemigos, Ajaz no es un hombre de fe, al menos no de la fe que pide el Dios de Israel. Si sólo fuera una cuestión de la fe personal de Ajaz… pero es el trono de David el depositario de las promesas divinas, así que el profeta insiste con su mensaje: Dios te acompaña, pídele una señal. Tiene su ironía que un rey tan impío quiera aparecer como piadoso: «no pediré, no tentaré a Yahvé.»

El nombre de Dios

Dios no se revela como un Dios abstracto, como una entelequia mental, «no dije a la estirpe de Jacob: “Buscadme en el vacío”» (Is 45,19). Desde el principio de la historia bíblica Dios se manifestó en una relación personal con su pueblo. Y Dios tiene un nombre, un nombre que revela quién es: el nombre que le reveló él mismo a Moisés en la decisiva escena de la zarza que ardía sin consumirse (Ex 3): Yahvé.

Pero la escena no se limita a dar el Nombre, sino que le da una interpretación, enseña al lector a penetrar en ese nombre. El problema es que esa interpretación depende en gran parte de las peculiaridades del idioma en el que está escrita -el hebreo- y no es fácilmente trasladable a otros mundos mentales.

En español solemos traducirlo como “Yo soy el que soy” o “Yo soy el que es”, pero además del peligro de confundir el nombre vital y convocante de Dios con una meditación filosófica, la versión se queda muy corta respecto de lo que está contenido en esa revelación. El estudio bíblico está en general de acuerdo en que, sea como sea que lo traduzcamos, el Nombre tiene un marcado aspecto de promesa, de algo no dicho, de algo que se va a ir manifestando. G. Auzou, luego de un profundo análisis del pasaje de la zarza, lo resume así: «Este Nombre tiene una significación histórica. Y esto es lo más importante. Hemos visto que, en el simple nivel del análisis gramatical, el Nombre divino aparece ya como vuelto hacia el futuro: “Yo estaré contigo”, “Yo seré el que seré”, “Yo seré para vosotros”. Es un Nombre abierto hacia la historia, en vinculación con una historia que es la historia del pueblo de Dios. La historia comprobará el contenido de este Nombre. Dios será —cada vez más— Yahvé.» (Auzou, pág 121).

Emmanu-El

Debemos tener bien presente este aspecto de futuro, de todavía-no-revelado para entender la fuerza del signo que le ofrece Dios a Ajaz por boca de Isaías. No se trata de que el profeta le ofrece a Ajaz la presencia de Dios, sino que Dios ofrece, por medio del profeta, finalizar la llegada de Yahvé a la historia: Emmanú-El, «con nosotros: Dios».

El centro del signo del que habla Isaías no está puesto en la cuestión de la virgen que concibe. De hecho la palabra hebrea (almah), aunque se puede usar para decir específicamente una virgen, tiene el sentido genérico de joven casadera, lo que en la cultura de la Biblia está asociado a la virginidad. Los traductores griegos del AT pusieron allí la palabra “parthenos” -que sí siginifica inequívocamente “virgen”-, y la Iglesia inicial, reflexionando conjuntamente en el signo de la concepción virginal y la realidad profunda de Jesús como «Dios con nosotros», encuentra un nuevo nivel de sentido en el signo isaiano.

Lamentablemente, durante algunos siglos esta cuestión de “almah” y “parthenos” se convirtió en un campo de batalla exegético: quienes deseaban afirmar la virginidad de María como algo explícitamente profetizado, se apoyaban en el uso que hace san Mateo de la traducción griega, mientras que quienes querían decir que esa virginidad no había sido profetizada, se apoyaban en la redacción del texto hebreo, el original. Pero con esa disputa se pierde lo esencial, que no está en la doncella ni en la virginidad de esa doncella, sino en el nombre simbólico del niño: Dios con nosotros.

El signo no es la concepción, sino el hecho de que Dios “libera” el espacio de la historia para que por fin sea posible el término de la revelación: no más promesa sino cumplimiento.

Lo que Isaías le ofrece a Ajaz como signo de parte de Dios es que si permite que sea Yahvé quien conduzca la historia, y no las alianzas humanas, ni el cálculo político humano, Yahvé se compromete a llevar a término en un heredero de Ajaz la promesa hecha a David: la presencia plena de Dios en el pueblo de Israel. No más dilación.

Tiene un algo de ironía que al rey que ha sacrificado su hijo a los ídolos para obtener el favor de los falsos dioses, el Dios de Israel le proponga el cumplimiento final de las promesas divinas en un próximo hijo suyo.

En auxilio de esta lectura del signo viene el capítulo 8 del mismo Isaías:

«la envergadura de sus alas abarcará la anchura de tu tierra, Emmanuel. Sabedlo, pueblos: seréis destrozados; escuchad, confines todos de la tierra; en guardia: seréis destrozados; en guardia: seréis destrozados. Trazad un plan: fracasará. Decid una palabra: no se cumplirá. Porque con nosotros está Dios.» (Is 8,8-10, y su contexto)

No se trata de un signo absoluto, de un hecho que va a ocurrir para que el rey cambie de actitud, sino que más bien Dios le exige a Ajaz un cambio de actitud, que llevará al cumplimiento del signo, a la aniquilación de los enemigos de Israel y la instauración en su pueblo de la presencia plena de Dios.

El incumplimiento que es promesa de un mayor cumplimiento

Ajaz no cambió de actitud, al contrario, realizó la alianza con Asiria, y acabó de alejarse de Yahvé, pervirtiendo incluso el culto del templo (2Re 16,18). La consecuencia es que en vez de manifestarse Yahvé como «Dios con nosotros», dirá 2 Crónicas que «Yahveh humillaba a Judá a causa de Ajaz, rey de Israel» (28,19).

Recién con el hijo de Ajaz, Ezequías, la conversión vuelve a Judá. Ezequías «hizo lo recto a los ojos de Yahveh enteramente como David su padre» (2Re 18,3). Sin duda que Dios bendijo a Judá con Ezequías, pero el signo ofrecido a su padre resultó una oportunidad perdida: Dios se ofrecía por entero a su pueblo, toda presencia, toda manifestación, a cambio de confiar en él. Pero fue rechazado.

Sin embargo, «mi palabra, la que sale de mi boca, no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.» (Is 55,11), así que la profecía del Emmanuel, que el profeta Isaías ofrecía como un signo para mover a la conversión a Ajaz, queda allí, incumplida, pero no retractada.

La iglesia inicial, reflexionando sobre los signos que se han verificado con la llegada de Jesús, y escudriñando la Escritura, así como descubre en hechos puramente anecdóticos (como el nacimiento en Belén), la conexión íntima con palabras explícitas de los profetas (si bien palabras sobre las que pocos habían reparado), así también ve en el signo de la virginidad un modo nuevo de acercarse a una promesa que había quedado desbordada por la historia. Dios estaba llamando la atención, por medio de la virginidad de la Madre de Jesús, en el significado profundo del propio Jesús: Dios con nosotros. Por fin la profecía alcanzaba a la vez un nuevo sentido -desplazado hacia el signo de la virginidad-, y su definitivo cumplimiento.