Breve lectura del primero de los cuatro cánticos del Siervo Sufriente del libro de Isaías

Así dice el Señor:
“Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho,
no vacilará ni se quebrará,
hasta implantar el derecho en la tierra,
y sus leyes que esperan las islas.”

Así dice el Señor Dios,
que creó y desplegó los cielos,
consolidó la tierra con su vegetación,
dio el respiro al pueblo que la habita
y el aliento a los que se mueven en ella:
“Yo, el Señor, te he llamado con justicia,
te he cogido de la mano,
te he formado, y te he hecho
alianza de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.”

Este bello poema que leemos como primera lectura de la misa del lunes santo es el llamado “Primer canto del siervo sufriente”, parte de un conjunto de 4 poemas de tema semejante que se encuentran repartidos en el libro de Isaías, entre los capítulos 42 y 53. Este ocupa Is 42,1-7.

Pertenecen a la segunda parte del libro de Isaías, al “Libro de la Consolación de Israel” (Is 40 a 55), debido a un profeta anónimo, continuador del histórico Isaías (Is 1-39), cuyo libro quedó adosado al del gran profeta del siglo VIIIaC, y que a falta de nombre llamamos simplemente “Segundo Isaías” (hay también un “Tercero”, cuyos poemas-profecías ocupan el libro de Isaías capítulos 56 a 66).

Debemos al Segundo Isaías algunos de los conceptos religiosos que luego resultaron centrales en la fe cristiana. Por ejemplo: el sentido teológico de la expresión “evangelio” (buena noticia), el sentido religioso de la palabra “redentor”, y, gracias precisamente a los cuatro cánticos del Siervo, la profundización en la salvación vicaria (o sustitutiva) por medio del sufrimiento.

A pesar de la alegría y la esperanza que trasluce su libro, el Segundo Isaías se formó en la escuela del sufrimiento: su pueblo, Israel, estaba deportado desde hacía ya varias décadas. El Dios que los había librado de Egipto, que los había conducido por el desierto y liberado para ellos el territorio de Canaán, parecía ahora darles la espalda.

Sin tierra, sin templo, sin culto, sin instituciones nacionales, rodeados de una civilización pujante y arrolladora como era Babilonia, cuando la mayoría de los que habían venido deportados o habían ya nacido en el exilio se habían afincado, la existencia de Israel estaba amenazada de raíz, de simplemente desaparecer tragados por el devenir de la historia (como tantos otros pueblos, incluso mucho más grandes que la minúscula e insignificante tribu de Judá).

Este anónimo Isaías se sabe llamado por ese Dios esquivo y aparentemente lejano a anunciar una buena noticia: hay rescate -redención- para Israel, y no sólo eso: el sufrimiento de 50 años de exilio había sido el lugar mismo de la redención. Ese sufrimiento era salvador.

Sobre la figura de los sufrimientos del profeta doloroso por antonomasia -Jeremías-, Isaías poetiza el valor que tiene ante Dios el sufrimiento de un hombre que resulta ser, incluso sin saberlo él mismo, rescate de todos.

Era una forma también de enseñarle a ese Israel exiliado que el dolor del exilio no había sido vano, que donde hay dolor hay una cercanía a Dios incluso mayor, que Dios “hace algo” con ese dolor.

Sin embargo, las palabras de Isaías son palabra de Dios, y quizás ni el propio Segundo Isaías sabía hasta qué punto estaba dando la clave divina de la historia y de la alianza de Dios con los hombres: rescatar de los hombres todo, incluyendo el dolor, incluyendo las injusticias y la muerte aparentemente sin sentido.

Su profecía habla del pasado (Jeremías), interpreta el presente (exilio de Israel), pero contiene de manera misteriosa el futuro (la prefiguración del sufrimiento redentor de Cristo).

Pero para poder entender a fondo este poema y el mensaje general del Segundo Isaías, debemos atender a lo que anuncia centralmente: los procedimientos de Dios son inesperados, Dios no puede ser manejado por nuestros modos de entenderlo, Dios no redime al modo como nosotros queremos:

Frente a una religión de Israel que pretendía ser autosuficiente, y comprender a Dios y expresarlo, el profeta anuncia: “No gritará, no clamará,/no voceará por las calles./La caña cascada no la quebrará,/el pábilo vacilante no lo apagará.

Frente a un Israel que se pretendía a sí mismo elegido con exclusividad ante los demás pueblos, dirá el profeta: “te he formado, y te he hecho/alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Leemos este poema el lunes santo, a la vista de la pasión de Jesús, y como profecía cumplida plenamente en él; pero el poema no habla sólo de un cumplimiento que podemos dejar en el pasado, sino de un reclamo siempre actual: ¿somos capaces nosotros, el nuevo Israel, de superar el exclusivismo religioso, ahora que sabemos que la voluntad salvadora de Dios se dirige desde siempre a todos los hombres, y no a unos pocos? ¿somos capaces de superar la tentación de apalear a los demás con la verdad de la fe, aun cuando sepamos y tengamos la plena certeza de esa verdad, sabiendo que los procedimientos de Dios no son esos, ¡y él mismo es la Verdad!?